No me gusta lamer genitales ni que laman los míos. No me gusta si se trata de mujeres o de varones. Me disgusta especialmente lamer genitales de mujeres y en muy raras ocasiones me puede gustar (aunque esto ya no me pasa hace años) que una mujer bese los míos.No me gusta penetrar orificios de mujeres y varones. No me gusta introducirme en cuevas, cavernas, túneles pedregosos, alcantarillas. No me gusta hundir mi fatigado colgajo en la baja policía de los individuos de este mundo. No encuentro placer alguno. Me da miedo, angustia y eso que ahora llamen estrés. Soy un enemigo de toda forma de penetración y, por extensión, de toda forma de pene que intente penetrarme.
En efecto, no sólo me disgusta introducir mi desdichada verga comatosa en cualquier orificio humano, seco o lubricado, sino que me disgusta todavía más que alguien, por lo general un varón, intente horadar el reducido y estragado agujero que controlan mis esfínteres para evacuar el vientre, una operación que, con cuarenta y cuatro años ya casi cumplidos, me resulta cada vez más ardua, seguramente por la masiva cantidad de psicotrópicos que están destruyendo mi hígado y mi vida en general, aunque paradójicamente dicha destrucción no parece exenta de placer, reflexión y conocimiento cabal de mis propias miserias. (more…)
Es martes, vísperas de navidad, y no puedo dormir porque me he hecho adicto a los capítulos de John Adams que se emitieron en HBO y que me hacen sentir orgulloso de haber adoptado la ciudadanía de los Estados Unidos de América. El peligro de ver esa estupenda miniserie es que despierta en mí la ambición megalómana por capturar el poder y dejar una huella indeleble en la historia de mi país, como la dejaron aquellos bravos milicianos de Nueva Inglaterra que, arengados por pancartas que decían Appeal to Heaven, se atrevieron a desafiar al Imperio Británico y fundaron esta gran nación, afirmando el derecho constitucional a la búsqueda de la felicidad.Pero mi felicidad no está ni estará en creerme Adams, Washington, Jefferson o Franklin y tratar de refundar el país refundido y rejodido en el que nací. Mi felicidad, o la incierta búsqueda de ella, parece estar en esta isla tranquila, viendo los capítulos de John Adams, tal como me recomendó mi amigo Federico Jiménez Losantos cenando en Solchaga en Madrid, y no tratando de ser John Adams, pues tal emprendimiento imprudente y envanecido terminaría mal en cualquier caso, según me ha asegurado Federico, que de estas cosas sabe, y mucho: asesinado, en el mejor de los casos; preso, linchado, empalado por la multitud o envenenado por el cardenal o alguno de sus sicarios, muy probablemente; o, en el peor de los casos, ciñéndome la banda que tantos bribones y mequetrefes se han colgado en el pecho, pechos flácidos y de protuberantes glándulas mamarias que luego han engordado a expensas de los más pobres. (more…)
Esta historia me ocurrió hace unos años y siempre que la recuerdo me río solo. Trataré de contarla tal como ocurrió, sin exagerar ni inventar nada.Era un día de semana y había quedado en encontrarme con Grettel en la chocolatería Ghirardelli de Lincoln road. Grettel era una amiga cubana, casada, madre de una hija, esposa de un ejecutivo de la industria musical, que le decía a su esposo todos los miércoles por la tarde que tenía cita con el sicoanalista y ese sicoanalista era yo y mi consultorio era la chocolatería de Lincoln road.
Grettel y yo éramos sólo amigos pero supongo que ambos sabíamos que esa amistad estaba condenada a desbordarse y explorar otros territorios más peligrosos, pero esa es otra historia y es de hecho una historia que no terminó bien, que en cierto modo terminó con nuestra amistad, porque ahora ya no veo a Grettel los miércoles en la chocolatería ni los días clandestinos en que venía a mi casa cuando ya no era mi amiga sino también mi amante, una amante exigente y minuciosa en las órdenes que me daba para complacerla, pues así se plantearon las reglas del juego entre nosotros desde el principio, ella era mi diosa y yo era su esclavo y hacía lo que ella me ordenase.
Por eso nos encontramos ese miércoles por la tarde en la chocolatería de Lincoln road, porque a ella le encantaba tomar una copa gigantesca de helados, mientras yo la envidiaba y me resignaba a un austero té verde porque los helados me ponían gordísimo y si quería llevarme a Grettel a la cama no podía ponerme como un cerdo. (more…)
La última vez que estuve con Bolaño fue en una cafetería de Barcelona. Me dijo que le había gustado Los amigos que perdí, aunque entendí que le había gustado menos que Yo amo a mi mami, novela que presentó en esa ciudad un año antes de ganar el Herralde con Los detectives salvajes. Me dijo: ten cuidado con los adjetivos. Tiempo después, Jordi Herralde me invitó a cenar en Barcelona. Comimos pescado. Al regreso, en su Volvo blanco antiguo, me dijo que Bolaño se inventaba enfermedades para no viajar a cumplir compromisos literarios por Europa y que así no podía seguir ayudándole a difundir su obra en otras lenguas. Me dijo: en vísperas de viajes ya pactados y anunciados, siempre se enferma, y nunca sé si es una enfermedad real o imaginaria. Por eso, cuando, no mucho después, me contaron en un restaurante de Santiago de Chile que Bolaño estaba enfermo, dije que seguramente era un truco para no viajar y quedarse tranquilo en Blanes. Al día siguiente supe que había muerto y me sentí un idiota.La última vez que estuve con Carlos Enrique Cisneros fue en Joe Allen, un restaurante de Miami Beach que le gustaba mucho. Parecía tranquilo, contento, aunque en él había siempre un aire de distancia impenetrable, tal vez el dolor de haber perdido a su padre ahogado tratando de rescatarlo a él, entonces un niño, en un río venezolano. Esto lo marcó fatalmente y creo que le impidió disfrutar de la inmensa fortuna que poseía. Viajaba muchísimo, tanto que me daba vértigo, y sólo llevaba consigo una mochila y cuando tenía que llevar más cosas no usaba maletas, las enviaba antes en cajas por correo rápido. Aquella tarde, la última que estuvimos juntos, lo noté contento porque se había enamorado de un mexicano y planeaban vivir juntos en la mansión de Palm Island, a la que tantas veces me invitó y nunca conocí, y en el departamento de Santa Mónica, porque Carlos Enrique, como buen Cisneros, no vivía en una ciudad, vivía en el mundo. Todavía no sé si la sobredosis que le quitó la vida fue deliberada o accidental. Quizá el mexicano lo dejó. Quizá se aburrió de viajar cada tres días con una mochila. Quizá sólo quería dormir y no despertó más. Lo recuerdo ahora como un buen tipo. Pero creo que la culpa de su padre muriendo ahogado tratando de rescatarlo le jodió la vida. Carlos Enrique me preguntó una vez: cuando entras a una reunión, ¿te gusta que todos sepan que eres bisexual? Le respondí: Prefiero no entrar a ninguna reunión, pero si estoy obligado a entrar, sí, me gusta que todos lo sepan. En eso somos distintos, me dijo. (more…)
Hay una chica en mi cama y es lunes y en dos horas tengo que dejar el hotel y correr a darle un beso a mi hija menor que está enferma y luego correr en medio del tráfico espeso y caótico de Lima para llegar a tiempo a tomar el vuelo de regreso a la isla.La chica sabe que he reservado esas dos horas con ella y que no tengo un minuto más, sabe que he llegado a Lima el día anterior y no he podido verla porque he estado enredado en compromisos familiares y grabaciones en el canal de televisión. La chica también sabe que esa mañana no he podido verla porque he acudido a una dependencia policial a someterme a un interrogatorio derivado de la querella que ha planteado contra mí una señora ignorante y codiciosa que se niega a aceptar que el tiempo nos corroe a todos y la televisión es una fiesta que no dura para siempre.
La chica está callada y por eso me gusta. La chica ha dejado a su novio y me ha ido a buscar al estudio de televisión varios domingos seguidos y me ha regalado fotos suyas (algunas muy perturbadoras, en el mejor sentido) y me ha dicho que sólo quiere ser mi amiga, sabiendo que eso es imposible y que es demasiado joven y deseable como para que yo me resigne a ser su amigo. La chica ha abandonado la universidad, ha conseguido que yo pague todo el semestre para que su padre no se entere de que ya no estudia filosofía, se ha matriculado en un taller literario dictado por dos escritores que se han pasado la vida diciendo que soy un escritor malo o incluso pésimo, y me ha dado a leer algunos cuentos que ella ha escrito, unos cuentos que me han gustado mucho, tanto que le he prometido que quizá algún día los publicaré en un libro que me gustaría titular Pajas, título que a ella le gusta también.
Los cuentos son todos muy personales y suelen narrar las peleas que ella tiene con su madre, que es adicta a las pastillas, y con su padre, que es alcohólico y sin embargo jugador de frontón, y con su ex novio, que la acosa por teléfono y le ruega que vuelva con él y alivia su tristeza visitando prostíbulos, cosa que él inexplicablemente le cuenta y a ella le da asco y ganas de no verlo más. (more…)